Joseph Levitch, conocido como Jerry Lewis murió el 20 de agosto de este año, con 91 años de edad en Las Vegas, un lugar frecuentado por el actor y director, no jugando sino deleitando a los públicos.

Acá, en Uruguay, se fue antes que él un admirador, más que imitador, como fue Eduardo D’ Angelo que prolongó en nuestro país el humor de este payaso norteamericano.

Conocí a Lewis a través de las películas más emblemáticas en los ’60, aquellas en las que brillaba con sus apariciones, y uno lo extrañaba el resto del metraje.

Es que por más que le habían dado carta libre los productores de Hollywood, las historias no eran las mejores y había mucho relleno con actores mediocres. Luego, lo descubrí en papeles dramáticos y encontré que aquel payaso de rostro alucinante, cargado de inocencia, podía hacer papeles serios. Y eso me gustó mucho.

Eso me ocurrió especialmente en Funny Bones, que acá se dio con el espantoso título de “Una familia delirante”, junto a Leslie Caron y Oliver Reed. Esta maravilla, difícil de encontrar, dirigida con mucho amor por Peter Chelsom, mostraba a un Jerry Lewis casi haciendo de sí mismo, en un rol autocrítico y duro frente a no permitir que su hijo, también comediante, pudiera hacer su propia carrera.

Luego podría verlo en alguna otra película, también mostrando un rostro ajeno a aquel que nos hacía reír.

Posteriormente, con la venida de internet y gracias a youtube aparecieron los programas televisivos junto a Dean Martin, en sus escenas en blanco y negro.

De esta forma, desordenadamente, pude completar la carrera cinematográfica y televisiva de un cómico genial. Un artista completo, a pesar de hacernos creer que lo suyo era simple y tan solo poner caras raras.

Fue libretista y director. Contaba que antes de la pelea con Dean Martin que provocó una separación de veinte años, él escribía los guiones del programa. Pero como tantos otros que laburan desde la mímica y el cuerpo (Atkinson con su Mr. Bean, Chaplin, Le Tricicle) lo asombroso está en el trabajo metódico para crear los momentos de sus personajes. 

El fragmento de él con su máquina de escribir es un lugar emblemático dentro de la comedia

En Youtube puede verse su trabajo como director en la película maldita El día que el payaso lloró, de la que vamos a agregar más información. En ese corto puedo observarse a Lewis, muy serio, haciendo un trabajo excelente, ordenando fuera de cámara la música, los movimientos de otros actores, entre otras tareas.

El declive de su carrera se debió a diversos motivos. Entre ellos, el público comenzó a aburrirse de los gestos repetidos del actor y la audiencia fue bajando hasta el punto de cerrar un programa donde él era primera figura. Pero también se dio que Lewis no ocultaba sus ideas políticas conservadoras, machistas y xenófonas, por lo que el amor que se le tenía fue desapareciendo.

Un caso especial, y dentro de ese contexto se dio con una película que dirigió y que finalmente auto censuró, al punto de exigir que nunca fuera proyectada. Sin embargo, en cambio de destruirla, la atesoró y finalmente la entregó a la Biblioteca del Congreso norteamericano, cuyas autoridades prometieron que recién en 2020 se presentaría al público.

¿Por qué una medida de ese tipo? Es que EL DÍA QUE EL PAYASO LLORÓ, fue, según él un experimento que salió mal, una pésima producción de la que sentía vergüenza.

El tema que trata da para discusiones. Mucho antes que Bellini hiciera LA VIDA ES BELLA, Lewis la dirigió sobre una historia confusa en sí misma.

Un payaso en Alemania, durante la segunda guerra mundial, es echado por sus propios compañeros de circo porque sus actos son horribles y termina emborrachándose en un bar. Allí despotrica contra Hitler con la mala suerte de que entre los presentes se encontraban integrantes de las SS quienes finalmente lo encierran en un campo de concentración para presos políticos.

Él entretiene a los carceleros con sus chistes hasta que estos comienzan a no hacer gracia a su público. Es por eso que se le encomienda una tarea. Llevar a los niños judíos a las cámaras de gas, haciendo payasadas, para así lograr su propia liberación.

El problema está en que la película es absolutamente incorrecta. El argumento gira en torno a alguien que lo que quiere es salvarse él mismo, y no compadecerse con lo que les ocurre a quienes están a punto de morir en los campos de concentración.

Preguntados los propios guionistas expresaron que ese payaso resultaba “una persona detestable, un gusano egomaníaco que al final, cuando decide hacer reír a los niños que van camino a las duchas de gas, el espectador no puede estar seguro de si lo hace por compasión o porque sigue siendo un sujeto vanidoso que se ve al fin realizado como payaso con esos niños condenados”

Lewis aclaró que modificó ese argumento llevando el personaje de Helmut Doork a lo que fue habitualmente Jerry Lewis. En su autobiografía de 1982 dice “Pensé que la película sería una forma de mostrar que no debemos desfallecer y rendirnos ante la oscuridad”

Murió un grande. Contradictorio, como tiene que ser.

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar