Confieso que Alex de la Iglesia es uno de mis directores preferidos. También reconozco que en gran parte de sus producciones, voy viendo que el argumento que es excelente, atrapante, se va desgajando y termina en un delirio que perjudica la obra misma.

Hay cosas maravillosas de este vasco. “800 balas” es de los homenajes más sublimes que he visto a los héroes de pacotilla, que un día interpretaron las películas de far west en Almería y otros lugares de España. “Muertos de risa” es el lado oscuro del espejo donde está la realidad de los “cómicos”; “La chispa de la vida” también desnuda tragedias humanas escondidas dentro de lo que es la publicidad, la necesidad del éxito, el miedo a perder status; “Pluton B.R.N. Nero” es una fantástica burla a las producciones espaciales.

Claro, las últimas cintas de De la Iglesia sentí que se iban desbarrancando. “Las brujas de Zugarramurdi”; “Balada triste de trompeta”, por ejemplo fueron películas que hasta la mitad tienen una belleza oscura, cargada de humor negro, pero que luego se perdían en un absurdo que no llevaba a ningún lado.

Esta “El bar”, con un trasfondo parecido a “La comunidad” si bien recurre a un argumento absolutamente gastado en el cine, me atrapó de entrada y sentí la misma sensación de ahogo y pánico de los protagonistas, con la intriga de qué podía pasar en el minuto siguiente, y el deseo de que terminara pronto, no por mala, sino por el clima que cada vez se tornaba más angustiante.

Es que tiene un ritmo que en ningún momento decae. Por el contrario, la adrenalina fluye permanentemente, muy bien manejado, sostenido por el devenir de los acontecimientos.

El director contaba a un periodista que la idea surgió de la realidad. En el apartamento de su compinche Jorge Guerricaechevarría, donde juntos elaboran los textos que se convertirán en filmes cuando surge el cansancio, dejan todo y van al bar que hay en la planta baja. Y allí se daban situaciones similares a lo que ocurre en la primera parte del metraje.

Así, un grupo de personas (entre dueña, empleado y parroquianos) queda atrapado porque afuera, misteriosamente (nunca sabremos el motivo) se producen los asesinatos de dos que estaban dentro, y luego, las fuerzas armadas queman llantas, hacen desaparecer los cuerpos, y finalmente precintan el local, para espanto de los que quedan atrapados.

Ese afuera violento y agresivo, también tiene su correlato entre los cinco que quedan vivos, los que literalmente corren por sus vidas.

Allí surge el lobo del hombre, que es el mismo hombre. Miedos, pánicos, venganzas, mezquindades se dan en el grupo que poco a poco va perdiendo uno a uno a sus integrantes.

El final, que no se puede contar, también encierra moralejas para aquellos que quieran entenderlas.

Esta historia mínima, que queda aislada de la vida externa, habla de que somos animales. Y como tales nos comportamos. Primero ocultando nuestros instintos, mostrándonos con máscaras a los demás.

Freud hablaba justamente del conflicto entre el deseo de liberar nuestros instintos básicos (supervivencia, agresividad y sexualidad) y la Cultura, aquello que nos contiene, que permite nuestros vínculos sociales. Y como producto del choque entre lo que queremos hacer y lo que podemos, surge la Neurosis, por lo que somos todos neuróticos, en la medida que vivimos una realidad que nos obliga a no poder cumplir con nuestros deseos. A veces sublimamos, a veces nos enfermamos. A veces, en situaciones límites, surge la cara más animal del ser humano.

Trabajo mayúsculo de este Alex de la Iglesia, con muy buenas actuaciones, cargado de violencia y una seriedad en su desarrollo que evita el humor absurdo  que maneja este vasco, y que comienza como una comedia y termina en una tragedia épica de “sálvese quien pueda”

Blanca Suárez, hermosísima, hace una muy buena interpretación de una mundana mujer, ajena a toda realidad hasta que esta le golpea brutalmente, Jaime Ordoñez un más que creíble bichicome conectado con la religión desde lo apocalíptico, Secun de la Rosa, es el empleado, recto, honesto, que trata de sostener el sentido común, Mario Casas pinta a los millennials, Carmen Machi que del género costumbrista ha pasado a roles dramáticos en sus últimas interpretaciones es una vecina opaca, simple, tierna. En roles menores está la gran Terele Pavez, Joaquin Climent y el argentino Alejandro Awada.

En resumen, una intensa película, dolorosa, cruel de la condición humana.

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