Tengo el honor de haber sido invitado para participar de una mesa redonda de lectores de novelas negras, el viernes 12 de setiembre en el Museo Zorrilla, dentro de esta espectacular Semana Negra.

Para hacer boca se me ocurrió una pequeña reflexión que quiero compartir con ustedes.

 

 

EL POR QUÉ DE LA ATRACCIÓN HACIA LA NOVELA NEGRA

 

¿Qué es la vida? Un intento desesperado y constante de poner orden en lo que se desordena.

Ordenamos las sábanas de la cama, el cabello, los objetos de la casa, el cuerpo que despide olor, las plantas que crecen, la ropa que se ensucia, el orden social que permanentemente se desmadra… Y podríamos continuar.

En esa permanente intentona de mantener, restaurar, sostener el orden, buscamos historias que traten de lo opuesto, aunque sea en forma tramposa, porque casi siempre el orden es el que gana.

Por eso nos atraen las historias de psicópatas, ladrones, subversores del orden, anarquistas, aunque no quisiéramos tenerlos cerca de nosotros.

Si están en una pantalla, en un libro, en una revista están ordenados. Porque podemos recorrer esa historia con un orden predeterminado, y culminar cuando aparezca la palabra Fin.

La novela policial negra apunta al desorden. A mostrarnos el lado oscuro del orden. A mostrarnos que más debajo de la superficie brillante y ordenada de la Sociedad, subyacen otros órdenes que no son los que queremos para nosotros.

Son aquellos que ya el marqués de Sade denunciaba. La iglesia, los políticos, los banqueros. Los que detentan el Poder infringiendo la ley, a costa nuestra, pero con guante blanco… a veces…

Los detectives, los inspectores, aquellos que estando dentro de la defensa de la ley,  son conscientes de ello resultan los permanentes marginados, separados, alejados, despreciados hasta por sus propios compañeros; estos quijotes resisten con la inocencia de creer que con sus acciones el mundo será mejor.

Los hechos les demuestran machaconamente que eso no es así, que lograrán pequeñas batallas ganadas, pero no el triunfo final, pero así y todo, desencantados continúan su labor, para nuestro placer y agradecimiento.

Porque nos identificamos con ellos, secretamente los admiramos, aunque cobardemente nos callamos y permitimos que los poderosos subviertan la ley a veces a ojos vista de nosotros mismos.

Pero nos quedan esos quijotes que obstinadamente se golpean una y mil veces contra la misma pared, haciéndonos ver que no todo está perdido.

 

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